aEl texto de hoy, Mateo 13,52, puede ofrecer una clave muy profunda para leer este momento que vive la Argentina. Jesús no habla simplemente de conservar el pasado ni de buscar novedades. Habla de un escriba del Reino, es decir, de alguien que sabe discernir, y que extrae de un mismo tesoro cosas antiguas y cosas nuevas.
Aplicado a la reciente competencia de fútbol vivida, podría desarrollarse así: “La Argentina vive días en los que un Mundial despierta lo mejor de su identidad. No sólo se juega una final; también se pone en juego la manera en que entendemos nuestra argentinidad”.
Y el Evangelio nos ofrece un criterio inesperado: ‘Todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas’. Una nación madura no reniega de sus raíces, pero tampoco queda prisionera de la nostalgia. Conserva los grandes valores heredados -la familia, el esfuerzo, la solidaridad, la fe, el trabajo compartido, la capacidad de sacrificio- y, desde ese mismo tesoro, sabe crear respuestas nuevas para los desafíos de cada tiempo.
El futuro nunca nace del olvido de la propia historia, sino de una tradición viva que sigue dando frutos. Hemos perdido una final, pero es el final de nuestras vidas como argentinos...
En clave cristiana, desde el evangelio de hoy podemos pensar y rezar... Quizás el verdadero desafío no es solamente ganar una copa. El desafío es preguntarnos qué país queremos ser cuando pasa la euforia. El Mundial logra despertar unidad, esperanza, sentido de pertenencia y alegría compartida, y es allí donde habremos descubierto que el mayor tesoro de la Argentina no está en un trofeo, sino en su pueblo.
Como discípulos de Cristo estamos llamados a ser esos “escribas del Reino” que ayudan a la sociedad a redescubrir sus mejores tesoros y a convertirlos en caminos nuevos de fraternidad, justicia y esperanza. Porque El Reino de Dios no destruye la identidad de los pueblos; la purifica y la eleva. Amar la patria no consiste en idealizarla ni en enfrentarla con otras naciones, sino en sacar de su historia lo mejor para construir un futuro más humano. Así como un padre de familia cuida el tesoro de su casa y lo pone al servicio de sus hijos, también los cristianos estamos llamados a custodiar el alma de nuestra patria para ofrecer a las nuevas generaciones no sólo recuerdos gloriosos, sino razones para esperar.
El debate sobre el mundial, la argentinidad, sobre Malvinas, etcétera, son preguntas que seguirán escribiendo párrafos, pero me parece que “el verdadero interrogante no es quién levanta la Copa, sino qué tesoro sostiene nuestra identidad cuando termina el partido. Porque la emoción pasa, los festejos concluyen, las tristezas llegan, los estadios se vacían y la vida cotidiana vuelve. Es entonces cuando aparece la verdad de un pueblo. ¿Qué permanece? ¿Qué nos une cuando ya no hay goles para celebrar? Jesús responde: existe un tesoro del que debemos sacar siempre cosas antiguas y cosas nuevas.”
¿Y cuál es el tesoro de la Argentina? No está solamente en su talento deportivo, sino en su reserva espiritual y moral: la dignidad de la persona, la fortaleza de la familia, la fe profunda que lo identifica, la cultura del trabajo, la solidaridad en las crisis, la amistad social, la fe sencilla de su pueblo y la esperanza que nunca termina de apagarse. Ese es el patrimonio que ninguna derrota puede quitar ni ninguna victoria puede garantizar por sí sola.
Finalmente, no nos olvidemos. Los campeonatos hacen historia; los valores construyen la historia. Una Copa puede darnos una alegría inmensa, pero sólo un pueblo que custodia su tesoro espiritual puede darse un futuro. Por eso Jesús nos invita a ser “escribas del Reino”: hombres y mujeres capaces de reconocer el tesoro que Dios ha sembrado en nuestro pueblo, custodiarlo con gratitud y convertirlo en fuente de respuestas nuevas para los desafíos de nuestro tiempo.
Esta perspectiva nos permite pasar del entusiasmo deportivo a una reflexión más profunda sobre la identidad nacional: la verdadera argentinidad no se mide únicamente por la pasión con que alentamos a la Selección, sino por la fidelidad con que vivimos aquellos valores que hacen de una nación una comunidad de destino y de esperanza en esta historia abierta a la trascendencia de Dios.